I
Se
incorporó con torpeza de la cama, parecía que cada pierna le pesara un quintal.
Se quedó sentado en el borde de la cama por unos segundos, poco a poco empezó a
estirar cada articulación de su cuerpo. Se levantó con dificultad y empezó a
caminar hacia la ventana. Subió la persiana, hecho que le costó un
sobreesfuerzo, dejándola hasta la mitad pues entraba demasiado Sol para sus
sensibles ojos. Y es que cómo habían pasado los días, parecía que fuera ayer
cuando las calles estaban nevadas y el Sol apenas hacía acto de presencia. ¿Qué
día era? Cada mañana se hacia la misma pregunta, suerte del calendario que
tenía colgado en la cocina (aún seguía sin recordar quién lo había dejado
allí). Se dirigió a la cocina, el pasillo que conducía a ella le parecía eterno,
caminaba con dificultad y a un ritmo lento aunque los pasos eran bastante
firmes. ¿Dónde estaba el calendario? Revisó la cocina, cada pared, cada
armario… allí no estaba. No quiso darle demasiada importancia, quizás lo había
cambiado de lugar la chica que venía cada día un ratito a hacerle las tareas
domésticas. “Luego cuando venga le preguntaré dónde lo ha puesto”. Tenía
hambre, así que se dispuso a preparar un desayuno consistente, tostadas con
mantequilla y mermelada, y un buen café con leche. Abrió la nevera, cogió la
mantequilla y la mermelada se dispuso a buscar el pan, no conseguía dar con él.
Buscó y rebuscó, mas no lo encontró. “Quizás se acabó y no caí en decirle que
comprara”. Se conformó con un vaso de leche sola, pues tampoco encontró café ni
azúcar. Estaba sentado contemplando los blancos y fríos azulejos de la cocina
cuando escuchó un ruido, como si algo hubiera caído al suelo, seguidamente
escuchó unos pasos, algo o alguien correteando. Se asustó. Se levantó con
dificultad de la silla (cómo le costaba incorporarse) y se dirigió a donde le
había parecido escuchar el ruido, el salón. Cuando al fin llegó, se dio cuenta
que allí no había nadie, todo estaba en silencio. ¿Quién había cambiado la
decoración? No recordaba esas estanterías llena de libros, ni esas cortinas de
color crema, ni tan siquiera que tuviera un televisor tan grande. Se sentía
desconcertado, como si estuviera en un lugar desconocido, volvió a escuchar el
ruido, provenía del baño, así que con su ritmo lento se encamino hacia allí. En estos días, en su estado, agradecía que el
piso no fuera muy grande, le costaba una barbaridad el simple hecho de
desplazarse de una habitación a otra.
Se
adentró en el cuarto de baño, un escalofrío recorrió su interior, sin duda se
trataba del reflejo de un hombre pero sabía que allí sólo habitaba él, solo,
ermitaño, aguardando la muerte que le reuniera con su esposa. Dio media vuelta sobre sí mismo, no había
nadie, y sin embargo, allí seguía, en el espejo, aquel rostro desconocido. Sus
sentidos se pusieron alerta, no comprendía quien podía ser, pero la curiosidad
le vencía. Sus arrugados dedos comenzaron a acercase al espejo, sintiendo el
crujir de su malmeto codo derecho, hasta acariciar el cristal. Deslizo las
yemas por su superficie como queriendo notar el calor humano de aquél reflejo.
Pero tan sólo era eso, una imagen. ¿Real o no? Así mismo, ¿Y el ruido que
escucho? Se quedó por un instante pensativo,
algo tembloroso, la respiración se le había tornado pausada, cuando de
repente…
-
¿Qué haces abuelo?
II
-
¿Qué haces abuelo? Hoy te has levantado más temprano de
lo habitual.
El
corazón se le detuvo por un momento, se giró y ya allí estaba aquella chica
pelirroja de no más de veinticinco años.
-
Baje a por el pan y por leche, ayer se me olvido cuando
estuve en el supermercado comprando los huevos para hacerte la cena, ¿te ha
sonado el despertador? Tuve que ponértelo mal ayer lo siento seguro te hubieras
quedado una hora más en la cama ¿verdad? ¿Ya has desayunado? He visto el vaso
de leche pero ¿Qué has comido? Vamos te prepararé algo he traído de la panadería
algunas pastas también.
-
No tengo demasiada hambre Jasmina. ¿te llamabas así no?
-
¡Abueloooo! Yo no soy Jasmina ¡soy Marta! Jasmina
vendrá después de comer hoy por la mañana tenía que ir al médico.
Aquella
chica le había llamado por segunda vez abuelo y no recordaba ni siquiera tener
hijos.
-
Antes oí un ruido. Algo se había caído por aquí.
-
¿Un ruido? Tal vez fue mi gatita, me la traje conmigo
hoy, se me olvido cerrarle la puerta de la habitación pequeña, lo siento si te
asustó abuelo, seguramente andaba
merodeando por aquí y tiró algún bote, ahora miraré en el cuartito de la ropa a
ver donde anda escondida.
-
Creo que ya se quien eres, eres la chica que me cuenta
esas historias sobre arqueólogos y tesoros.
-
Hoy ya no te acuerdas de tu nieta, jo, vamos a
limpiarte un poco y bajaremos, te contaré alguna después de abrir tu regalo,
¿pensabas que me había olvidado de tu cumpleaños?
III
-
¡Venga ábrelo!
La
caja era pequeñita, no sabría bien con el tamaño de que cosa compararla, tal
vez al de una cajetilla de cigarros, si creía que sí. El envoltorio
perfectamente liso era de color azul brillante con diminutas estrellas
amarillas, en una de las caras ponía felicidades y un doble lazo dorado
culminaba la decoración del regalo. Quitó con esmero el envoltorio,
cuidadosamente, para evitar romperlo. De él surgió una cajita negra, sin
detalles, idéntica por donde la mirases, no tenía inscripción alguna ni
decoración en ninguna de sus caras. Trato de adivinar de qué se trataría. ¿Qué
podría haberle regalado una chica de su edad a alguien tan mayor como él?
-
¿Te gusta?
-
No esperaba que fuera un colgante.
-
¡No es un colgante cualquiera!
-
¿Lo has hecho tú?
-
¡No! ¿No lo recuerdas? Fuiste tú quien lo hiciste para
la abuela. Ella siempre lo llevaba puesto, siempre, nunca se deshizo de él
hasta… bueno ya sabes hasta poco antes de morir. Te lo dio en el hospital, tú
querías que se lo dejará puesto, eso dijo papá, pero por no preocuparla más se
lo acabaste por coger diciéndole que se lo devolverías. Venga abuelo,
inténtalo, tienes que acordarte…
-
No, no sé, ahora mismo…
-
Te contaré la historia, que un día, tú me contaste a
mí.
Por
aquél entonces era joven, gozaba de salud y de ganas suficientes para
disfrutarla. Aquél año había acabado los estudios y con el dinero que pudo
ahorrar de su primer trabajo decidió realizar uno de los viajes que siempre
había tenido presente. Roma como El Cairo, Petra o Cusco eran algunas de las
ciudades que, como a cualquier colega de profesión, le fascinaban con tan sólo
oír su nombre debido al peso de la historia.
Dudó bastante entre Londres o Roma, entre el British Museum, la mayor colección del mundo en cuanto a restos
arqueológicos, y el Colosseo, un
legado del pasado que aún se erigía en pie. Había descartado otras opciones por
presupuesto y por que, a pesar de su afán de aventuro, interiormente temía
realizar un viaje fuera de Europa sin compañía. El vuelo no tardó más de tres
horas y desde el aeropuerto a Piazza Della
Repubblica el taxi no se demoró más
de cuarenta minutos, eso si, evitando pararse en un par de semáforos en rojo,
que parecían no existir para muchos de los circulaban. Las vistas por la
ventanilla le cautivaron ya desde el interior del coche. No tardó en darse cuenta que Roma básicamente
predominaban dos cosas, Iglesias y obeliscos.
El
primer día se recorrió gran parte de la capital a pie. Por la mañana salio del
hotel y bajo dirección a la Piazza Di Spagna pasando por las Cuattro Fontane. De ahí a la Fontana Di Trevi y, tras parar en el Pantheon, hasta Piazza Navona y Campo De’
Fiori. Cruzó por Isola Tiberina
llegando al barrio de Trastevere donde comió. Tras la comida subió siguiendo el
Tevere, contemplo el Castello de San
Angelo y prosiguió hasta la
Piazza del Popolo, en donde la puesta de Sol,
era todo un espectáculo vista desde su mirador. Con la luna ya en el cielo regreso para cenar
algo y descansar. El segundo día realizó un nuevo itinerario. Estaba vez por el
Foro Di Traiano y el Monumento a
Vittorio Emanuele II para acabar
comiendo a orillas del río. A la mañana siguiente, se decidió por visitar el
Vaticano. Subió a la cúpula de la
Basílica de San Pietro
admirando Roma entera desde las alturas y quedó fascinado, más tarde, por la Cappella Sixtina. Era el séptimo y último día de
sus vacaciones, había dejado el Colosseo
y el Foro Romano para aquella mañana.
Quería regresar a casa con esas imágenes frescas. Estaba observado lo que
parecía una pequeña celda en la planta baja, cerca de la entrada y no pudo
evitar verla. Allí estaba ella junto a sus padres, morena, de piel dorada y
ojos claros, cansada de la larga cola. Oyó a sus padres hablar en castellano, y
tras volver a mirarla, no dudó en aprovechar su pase de arqueólogo para
intentar evitarles la cola. Funcionó y así se conocieron, él les guió por las
entrañas de tan majestuoso monumento y les contó varias historias que conocía
sobre gladiadores. Ella no tardó en prendarse por aquél apuesto e inteligente
joven. Y sucedió, que en un momento en que se quedaron solos cruzaron algo más
que miradas, una sonrisa de complicidad, una primera caricia… un primer beso.
Pasado
unos años se casaron y decidieron regresar a Roma, en donde la noche que
pasaron junto a la Fontana Di Trevi, al lanzar la moneda de espaldas,
resbaló y cayó, haciéndose bastante daño en el brazo derecho. Tuvieron que
escayolárselo aquella misma noche. Tras Roma recorrieron parte de Italia, la
primera parada en Follonica, una pequeña ciudad costera en donde darse un baño.
Le siguieron Pisa, la medieval Lucca, la bella Florencia y la siempre única
Venecia. Fue en Florencia junto al Ponte
Vecchio donde se juraron amor eterno
verdaderamente, sellándolo con un candado. Pero hay que decir que lo más
importante ocurrió en Venecia. Aquella noche la Góndola salio de Ponte Rialto, y tras el discurrir por canales
interiores se acercaban al conocido como Puente De Los Suspiros. Justo al pasar
por debajo tuvo la idea, se la susurró al oído y se besaron. Al día siguiente,
cambiaron los billetes de regreso a Barcelona por unos a Malta. Las tres horas
que separaban en avión Treviso de Luqa se hicieron cansadas. Además, ambos
seguían pensando en las respectivas conversas telefónicas con sus padres antes
de partir. Malta, sin embargo, se convirtió desde el primer momento en un paraíso
para su jovial y creciente amor. En una
de las salidas que realizaron visitaron la cueva de Calypso, se adentraron en
ella y dieron con una cavidad un tanto peculiar. Quedaron fascinados por los
colores que se vislumbraban a luz de las antorchas y se prometieron que aquél
sería el lugar perfecto para dejar constancia de una promesa. Seguidamente él
rasgo en el las paredes con una pequeña navaja, consiguiendo hacerse con un
trozo de piedra amatista con el que, horas después, uniéndolo a un diminuto amuleto
de cristal que había comprado en Murano,
le confeccionaría una original joya.
IV
-
¿Pero tú sientes lo que estas diciendo papá? ¡Esto es
una locura!
-
Yo le acompañare papá.
–Dijo Marta-
-
¿Tú? Pero si nunca as salido de aquí, además pero que
no, como te vas a hacer cargo tu sola del abuelo y si ocurre algo, ¡que ya no
es un crío!
-
¡Mamá! ¡Di algo!
-
Tu padre tiene razón, no está para hacer un viaje así.
Además ¿y el idioma? (Hasta ahora se
había mantenido al margen de la discusión entre su marido y su yerno)
-
¡Eso no es problema! El abuelo habla inglés y yo
también comencé a estudiarlo ¿recuerdas?
(Volvió a replicar Marta apoyando a su abuelo).
-
Si unas clases a las que no solías ir por irte a la
piscina con tus amigas, lo recuerdo, ¡lo recuerdo! (El padre de Marta empezaba a estar algo
desquiciado).
-
Cariño, tampoco mezclemos ahora temas, usted abuelo, ya
sabemos que estos días ha mejorado mucho como por arte de magia, pero ¿Ha
pensando bien todo lo que entraña un viaje así? Porque no deja que este verano,
cuando su hijo y yo, podamos disfrutar al fin de unas vacaciones, vayamos por
usted.
-
Si papá eso sería lo mejor, bien pensando, eso es papá,
en verano cuando cojamos las vacaciones iremos los cuatro.
-
¡Pero el abuelo quiere hacerlo él!
-
¡Marta! ¡Calla de una vez!
-
Hijo, siempre he sido un hombre de ideas claras, sabes
que sacrifique muchas cosas por daros lo mejor a ti y a tu madre, pero esta
vez, esta vez se lo debo, me lo debo, e iré, haré ese viaje aunque sea sólo, y
si es lo último que haga en esta vida, así será.
-
¡Bien dicho abuelo!
-
¡¡Martaa!! Pero papá….
-
No existe el pero hijo, está decidido. He pensado mucho estos días en ello.
Marta dibujo una sonrisa de
satisfacción, la madre de Marta no pudo evitar soltar unas lágrimas de emoción,
en el fondo aprobaba aquél gesto de amor eterno. El padre se quedo atónito, aun
sin aceptar que pudiera ser verdad que su padre, de ochenta y cinco años,
estuviera apunto de embarcarse en un viaje por Italia y Malta con la sola
compañía de una joven de veintitrés años. Estaba claro que, sino podía evitar
que marchara, Marta debería acompañarlo, ellos no podían coger vacaciones en
sus respectivos trabajos, era del todo imposible. Así pues seguía pasmado, no
se hacía la idea y daba vueltas tratando de encontrar argumentos, que no le
llegaban, para no dar por finalizada la conversación. Mientras el abuelo
abandonaba en silencio la habitación.
VI
¡Un
playmobil gigante! ¿Te acuerdas los que me regalaste cuando era más pequeña?
Tenia la habitación llena de ellos.
-
No, no me acuerdo, hija, o sí… era aquella granja con
tantos animales ¿verdad? Aquí en Malta esta la fábrica tal vez podamos ir a
visitarla si nos queda tiempo.
-
Estaría bien.
-
Bueno creo que te gustará más el paseo en barco que
haremos.
-
¡¿Cogeremos un barco?!
-
Sí, la cueva no está en Malta propiamente sino en una
isla cercana, hay que coger el Ferry o alquilar un barco.
-
Me encantará un velero nunca me he montado en uno
abuelo.
-
No se hables más, alquilaremos un velero que nos lleve.
-
¡Gracias abuelo!
-
Anda corre y
llama un taxi que nos acerque hasta Paceville, si no recuerdo mal en
media hora podremos comer algo en el hotel y estirar un poco las piernas en la
piscina o la playa.
Al tercer día salieron del
puerto de la Valleta
a media mañana, el sol como era habitual dominaba el claro cielo y subía la
temperatura hasta los treinta grados que unidos al 95% de humedad daba una
sensación un tanto asfixiante nada más llegar, al cabo de un par de días, sin
embargo, uno llegaba a acostumbrarse. Se detuvieron en la más pequeña de las
dos islas adyacentes a Malta, Comino, estaba deshabitada, apenas eran unos
pocos kilómetros cuadrados de tierra, aún así, muy frecuentada en verano por
decenas de barcos repletos de turistas en busca de un baño en un teórico
paisaje de ensueño, el Blue Lagoon. Y digo teórico porque una vez dentro del mar
(no era propiamente un lago sino que la forma natural de la isla y las rocas
así lo hacían parecer) se desmontaba el sueño, las cálidas aguas eran propicias
para que abundaran las medusas. No pudo evitar reírse acompañando las
carcajadas del Capitán cuando uno de los barcos que entraban en esos momentos
anclo a su lado y el guía turístico cogió una lata de cerveza fría y la tiró al
agua al gritó de: “Para el primero que se lancé”. Los más jóvenes se tiraron de
cabeza los mayores bajaron por las escaleras pero esa veintena de personas no
tardaron ni diez minutos en regresar al barco, todos ellos con picaduras. Fueron
risas de viejos zorros realizando la novatada. Marta que en principio era rehacía
a seguir sus consejos y esperarse a la tarde que pararían en un lugar más idóneo para el baño,
al ver la cara de aquella gente, se enfundo de nuevo la camiseta. Después de
almorzar continuaron hasta Gozo, la segunda de las islas.
El catamarán (Marta se enamoró
de él cuando se lo mostraron en el puerto y descarto los veleros
convencionales) les dejo en la parte sur, acordaron con el Capitán que les
recogería por la noche en el mismo lugar. La misma empresa que les alquilo la
embarcación les proporciono un pequeño cuatro por cuatro con los que hacían dos
veces por semana los safaris turísticos recorriendo los lugares más relevantes de
la isla como la Blue Windows,
las salinas o la propia cueva de Calypso donde ellos se dirigían.
-
Mira allí arriba de la montaña es donde esta debemos
ir, ahora ya hay camino por donde subir tranquilamente en coche hasta las
escaleras que desciende a la entrada, según me dijo el Capitán, dado que vienen
muchos turistas a visitarla. Cuenta la historia
de la Odisea que
es ahí donde Calypso tuvo encerrado a Ulises. Cuando subamos, podrás ver toda
la playa de la Bahía
de Ramla en la otra banda.
-
¡A lo mejor ya
no sigue allí abuelo!
-
Es posible a pasado mucho tiempo y mucha gente, pero
debemos averiguarlo. Cuando lo tengamos volveremos al barco e iremos hacía la
otra parte de la isla, cruzaremos por las salinas y podrás ver como aún a día
de hoy consiguen la sal en muchos lugares, verás que precioso paisaje.
Esperaron
al mediodía, a que la gente, que se encontraba visitándola, se fuera a comer.
Encendieron unas antorchas y se adentraron en la cueva. Esperaba que estuviera
más sucia pero no era así, al poco, llegaron a la cavidad en donde una vez había
estado. La roca seguía en su sitio, la desplazo lateralmente y con la misma
navaja con la que años atrás consiguió la amatista comenzó a hacer un agujero
en el suelo. Desenterró una pequeña bolsita negra y de ella extrajo un trozo de
papel. Era el papel donde habían escrito su promesa.
El
camino que bajaba hasta la Blue Windows
era sinuoso, justo en donde dejarían el coche había una pequeña Iglesia en
donde el abuelo quiso parar antes de continuar. A Marta le recordaba al estilo
de iglesia mejicana que a veces había visto en alguna película. Pasar a la
parte superior de la Blue Windows
estaba prohibido y era un tanto peligroso para el abuelo así que fueron con
mucho cuidado. Al fin, allí estaban.
Marta agarró su mochila y la abrió, de ella extrajo una urna. Eran las cenizas
de la abuela. Las depositaron con suma delicadeza en un hueco de la roca y
dejaron que el viento se las llevará lentamente. La promesa se había cumplido,
allí a Malta, volverían para completar el círculo. Días más tarde, al poco de
volver a España el abuelo falleció, murió sabiendo quien era, reconociendo
aquél rostro que había visto en el espejo y lo más importante, sabiendo que, él
amo y había sido amado. Marta en cuanto
pudo hizo un último viaje por el abuelo.
En el Ponte Vecchio había una colección de
candados, ahora era mucho más común que las parejas de enamorados realizarán
aquél gesto, pero existía un inconveniente, desde hacía unos años estaba
multado. Por eso había esperado a aquellas horas de la noche, saco de su bolso
un pequeño candado y lo colocó en la baranda del puente. En él inscribió los
nombres de sus abuelos. Este segundo candado serviría para allí en donde
estuvieran. Arrojo las llaves al río y marcho, acompañando sus pasos con
lágrimas en los ojos.
VII
-
Qué mal, lo siento tanto, me desesperé, no debí
gritarle en ninguno de los casos.
-
No hace falta que le des más vueltas, tan sólo te conté
esta historia para que vieras que, a cualquier edad, se puede vivir. Las
personas que tenemos aquí muchas veces no están por que ellos mismos así lo
deseen, pero a veces, saben que es lo mejor para sus familias, y simplemente,
lo aceptan.
-
Sí, supongo que tienes razón… me ha emocionado
muchísimo la historia.
-
Venga, no perdamos más el tiempo, tenemos que hacer la
ronda de la cuarta planta.
Marta, la enfermera de más edad
del hospital, comenzó a caminar hacía el ascensor, dejando atrás la más joven
de todas ellas. Aún pensativa y un tanto desolada por el comportamiento que
había tenido minutos antes, la nueva enferma de repente dijo:
-
¡Marta! ¿Esa historia ocurrió aquí?
Pero Marta no contesto, sonrío,
pulso el botón del ascensor e ipso facto llevó su mano derecha a la parte
superior del pecho, el cual acaricio, como tratando de agarrar por encima de la
ropa un colgante.