El castillo coronaba una pequeña cima que delimitaba la playa por uno de sus extremos. Podía accederse a él a pie, una pronunciada pendiente final era la única dificultad que encontraríamos. El camino continuaba paralelo a la muralla bordeando la costa. Existía un túnel que enlazaba con una pequeña cala donde se situaba la parte trasera del castillo. Escaleras que bajan para volver a subir y nuestros pasos siempre siguiendo la limitación que imponía el mar. Cualquier parada se convertía en una mirada al horizonte, en una admiración hacía el abrupto paisaje de acantilados que discernía con lo que habíamos dejado al cruzar el túnel. Reseguí el camino visualmente, proseguía hasta un par de pequeñas playas escondidas entre rocas, un pequeño islote enfrente de estas hacía de trampolín para unos pocos jóvenes osados. El sol apretaba, el agua se hizo imprescindible y las gafas de sol en todo un acierto. Nos descalzamos para cubrir un tramo en donde el mar entrecortaba el camino. Los pies agradecieron aquel remojón. Anduvimos unos cuantos minutos más y decimos subir encima de un grupo de rocas y detener nuestra caminata. Las olas rompían apenas sin fuerza la mar estaba tranquila. El silencio era de agradecer y pronto comenzamos a soñar. Tu con un velero con el que huir, yo con una huida que tan solo tu podías detener.
